No amaba joyas ni coronas.
Su tesoro más querido era una pequeña bola de oro, brillante como un pedazo de sol atrapado en sus manos.
Cada tarde, cuando el castillo comenzaba a dormirse, ella escapaba al bosque. Allí, junto a un viejo pozo de piedra cubierto de musgo, jugaba lanzando su bola al aire… y atrapándola con la precisión de quien cree que nada malo puede ocurrirle en el mundo.
Pero el destino —ese viejo tejedor invisible— ya había empezado a mover sus hilos.
Una tarde, la bola resbaló de sus dedos.
Rodó.
Rebotó.
Y cayó.
Directo al pozo.
El sonido fue seco, final… como una puerta cerrándose.
La princesa se quedó inmóvil. Luego, como si el mundo se hubiese quebrado, cayó de rodillas y comenzó a llorar.
—Todo lo que amo desaparece… —susurró entre lágrimas.
Entonces, desde la oscuridad húmeda del pozo, una voz emergió.
—No todo.
La princesa se sobresaltó.
Asomándose con temor, vio unos ojos brillantes… y una piel verde, húmeda, ajena a toda belleza.
Una rana.
—¿Por qué lloras, princesa? —preguntó la criatura, con una voz extrañamente serena.
Ella dudó, pero respondió:
—Mi bola de oro… ha caído al fondo. Es lo único que realmente quiero.
La rana ladeó la cabeza.
—Puedo recuperarla… —dijo lentamente—. Pero nada en este mundo se da sin recibir algo a cambio.
La princesa, desesperada, respondió sin pensar:
—¡Te daré lo que quieras! Mis vestidos, mis joyas, mi corona…
La rana soltó un pequeño sonido, casi una risa.
—No quiero nada de eso. Quiero algo más simple… y más difícil.
Hizo una pausa.
—Quiero ser tu compañero. Comer de tu plato. Dormir bajo tu techo. Estar a tu lado… como igual.
La princesa frunció el ceño.
Aquello le parecía absurdo. Ridículo.
Pero su bola… su preciada bola…
—Sí, sí —dijo rápidamente—. Lo que quieras. Solo tráemela.
La rana no dudó.
Se lanzó al pozo… y desapareció.
El tiempo pareció estirarse como un suspiro largo.
Hasta que volvió.
En su boca, brillando como si nunca hubiese tocado la oscuridad, estaba la bola de oro.
La princesa la tomó, y en ese instante… olvidó todo lo demás.
—¡Gracias! —dijo, y sin mirar atrás, corrió hacia el castillo.
La rana la observó marcharse.
No la siguió.
No todavía.
Esa noche, cuando las velas iluminaban la gran mesa del banquete, la princesa reía, como si nada hubiese ocurrido.
Hasta que…
toc, toc, toc.
Un sonido suave, húmedo, insistente.
—¿Quién llama? —preguntó el rey.
La princesa palideció.
Con pasos lentos, abrió la puerta.
Y allí estaba.
La rana.
—Princesa —dijo—. Has olvidado tu promesa.
El rey, con voz firme, preguntó:
—¿Es esto cierto?
Ella bajó la mirada.
Y entonces, como dictan las viejas leyes que sostienen el mundo desde antes de los reyes, él dijo:
—Lo que prometes… debes cumplirlo.
Sin más opción, la princesa dejó entrar a la rana.
Cada paso era un sacrificio.
Cada instante, una batalla interna.
La rana comió de su plato.
Se sentó junto a ella.
Y finalmente, pidió descansar en su habitación.
Allí, en la penumbra, la princesa sintió algo más que rechazo.
Sintió ira.
—¿Por qué debo soportar esto? —pensó.
Cuando la rana le pidió subir a su cama, algo dentro de ella se quebró.
Lo tomó.
Y, con un impulso lleno de rabia, la lanzó contra la pared.
—¡Basta!
El sonido fue seco.
Pero lo que siguió… fue silencio.
Y luego… algo imposible.
Donde antes había una rana, ahora yacía un joven príncipe, de mirada profunda y cansada, como si hubiese vivido siglos dentro de una piel que no le pertenecía.
—Gracias —dijo, levantándose lentamente—. Has roto el hechizo.
La princesa retrocedió, confundida.
—No fue tu dulzura —continuó él—. Fue tu verdad. A veces, la magia no se rompe con besos… sino con lo que somos, sin máscaras.
El castillo cambió esa noche.
Y también ella.
Porque comprendió algo que muchos nunca llegan a entender:

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